Neurofinanzas. ¿Desde qué parte del cerebro tomamos las decisiones financieras?

Aunque en principio no lo parezca, muchas de las decisiones que tomamos y que creemos racionales, son en realidad más emocionales de lo que pensamos. Eso incluye también las cuestiones que tienen que ver con la economía y las finanzas. El psicólogo israelí y Premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, sostiene que la racionalidad total no puede explicar muchos comportamientos financieros y aquí es donde entran en juego otros patrones de conducta que sí justifica la neurociencia, la psicología o la sociología.
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Por Leonor Carnicer

Al fundirse la economía y la neurociencia en un intento de comprender el comportamiento de inversores y consumidores, se abren nuevos campos de estudio que implican que la toma de decisiones es más compleja y menos objetiva de lo que hasta ahora habíamos pensado.

Como explica la asesora financiera Joselyn Quintero, las neurofinanzas son una disciplina que “combina la neurociencia, las finanzas conductuales y las finanzas tradicionales, y que estudia las determinantes biológicas que llevan al ser humano a tomar decisiones de inversión en entornos de riesgo e incertidumbre”. Estas decisiones son por lo general emocionales, “aunque luego las intentamos justificar desde la razón”, porque durante mucho tiempo estaba mal visto reconocer que las emociones tienen un peso tan importante en nuestro comportamiento. Hasta el siglo pasado, se pensaba que eran “una parte de la biología que entorpecía los procesos cognitivos racionales”, cuando en realidad sólo forman parte de nuestra propia naturaleza humana.

A la hora de comprar un coche podemos realizar un estudio exhaustivo sobre marcas, modelos, prestaciones y precios, pero en el momento de elegir no siempre somos conscientes de nuestras inclinaciones por un determinado modelo, marca o color, que pueden tener un peso sustancial cuando llegue el momento final de la compra. Con las inversiones sucede algo parecido. Aunque no se vea tan claramente como en el ejemplo del coche, hay factores emocionales e intuitivos que nos influyen sin que a primera vista seamos conscientes. Y esto no tiene que ser necesariamente negativo, sólo requiere un mayor nivel de consciencia y conocimiento de nuestras propias motivaciones.

En un contexto inestable y a veces poco previsible como es el entorno financiero, nuestro cerebro reacciona de una forma más intuitiva que analítica, porque aunque utilicemos datos objetivos para fundamentar nuestras decisiones, el empujón final y definitivo no es nunca racional. La teoría de las perspectivas (o aversión a las pérdidas) de Daniel Kahneman y Amos Tversky señala que “el impacto emocional del dolor ante la pérdida es 2,5 veces más intenso que la emoción de ganar”. Es decir, para equilibrar el sentimiento doloroso de haber perdido 100 € tendríamos que ganar 250 €, y eso explicaría nuestra motivación y tendencia naturales para invertir en todo aquello que nos evite pérdidas, en lugar de invertir en lo que nos puede generar beneficios.

Sin embargo, la aversión al riesgo es relativa,  ya que dependiendo de cómo se formulen las opciones, nuestro cerebro las percibe de diferente manera. Por ejemplo, Josleyn señala que “si nos dicen que tenemos un 95% de probabilidades de ganar, seguramente sigamos adelante con la inversión, pero si nos dicen que tenemos un 5% de probabilidades de perder, seguramente no invirtamos. A pesar de ser objetivamente lo mismo, la forma de presentarlo tiene un efecto en la percepción que nos lleva a aceptar o rechazar la misma oferta”. 

Por definición, las finanzas se ocupan de gestionar los recursos disponibles para hacerlos útiles y rentables, pero las neurofinanzas, “a través de la interacción del cerebro en la toma de decisiones, pretenden explicar que nuestra naturaleza es emocional y que lo racional es una evolución posterior que debemos aprender a gestionar si queremos ser plenamente conscientes de la motivación de nuestras inversiones”.

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